Quien hoy anda por las calles de Barranquilla, siempre luminosas (ambiente tropical) comienza a advertir ya en medio a la actividad diaria del comercio y de la industria, la inquietud persistente del estudio y de la cultura. Se percibe, sobre todo en la juventud, un espíritu que se esfuerza para sobresalir y dominar por encima de la mera materialidad de la existencia
Julio Enrique Blanco
“Hacia una Barranquilla alejandrina” fue publicada por primera vez (marzo de 1944) en la extinta Revista Museo del Atlántico (institución educativa semilla de la Universidad) a comienzos de los años cuarenta del siglo XX.
En el célebre manifiesto se detalla, de modo breve y sucinto, las condiciones y medios que hacen de Barranquilla una ciudad con criterio suficiente como para llegar a ser epicentro del desarrollo económico, industrial y cultural no solo en términos de región y nación, sino como enclave de un proceso de avance integral que pudiera influir positivamente sobre todo el mar de las Antillas; una ciudad alejandrina en pleno Caribe tropical.

Este documento es el soporte teórico sobre los que Julio Enrique Blanco (JEB) erige los sólidos argumentos en defensa de la oportuna creación de la Universidad del Atlántico como condición decisiva para una sociedad próspera y culta.
Sin embargo, es años después y luego de duros esfuerzos y maniobras de la razón, que por fin, para fortuna del progreso material y el progreso espiritual de la ciudad y la región, es fundado definitivamente bajo la ordenanza #42 del 15 de junio de 1946, un claustro de educación superior que daría un drástico vuelco a toda la historia de la educación en la ciudad y el departamento.

Ya para finalizar con este espontáneo comentario que surge después de volver a ver la foto-archivo extraída en una de mis recurrentes visitas realizadas al Archivo Histórico del Atlántico hace algunos años durante mi feliz etapa como tesista, es necesario expresar que, a mediados de la década del noventa y dentro de la conmemoración del 7 de abril de 1813, el documento del que hemos hecho una instantánea referencia reaparece en las páginas del diario El Heraldo por recomendación y sugerencia del filósofo José Gabriel Coley Pérez, quien a su vez recibie el manifiesto blanquiano de manos de otro filósofo muy allegado a su autor, Julio Núñez Madachi.
Este último personaje fue responsable de recuperar, ordenar y comentar buena parte de la obra filosófica del pensador barranquillero mientras advierte, a toda la sociedad y las próximas generaciones de académicos, de la vigencia e importancia de este bello escrito en el destino de una ciudad que a ratos tiende a perder de vista su propia memoria.
