Víctor Amaya González y algunos malos días en Bogotá

«Primum vivere, deinde philosophare»

A otro Barranquillero al que le pintaron un horizonte barro y de duro acceso fue al poeta Víctor Amaya González, autor de varios libros que no se encuentran en ninguna parte y allegado de Porfirio Barba Jacob hasta el compagrazgo.

Después de la muerte de su padre y de asegurar su cartón de bachiller bajo el brazo, Amaya González salió con dirección a Bogotá empecinado en estudiar filosofía y letras en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, hoy Universidad del Rosario.


Con suficiente desenvoltura y pasión por lo que hacía, el joven Amaya en poco tiempo llegó a ser uno de los más brillantes y destacados asistentes de la famosa cátedra de metafísica que el «eminente orador sagrado» Monseñor Rafael Carrasquilla y rector de esas mismas cuatro paredes, impartía con solemne severidad tomista años tras año, década tras década y por los siglos de los siglos amén.

Quizá debido a que el joven Víctor no era de apellido Umaña, ni Bernal o Lozano o el bien parecido y prestante Lleras, o quizá por puro producto azaroso de esa mala voluntad que algunos le tienen a la sangre de tierra caliente, Amaya González no llegó a ser representante de los estudiantes en la Consiliatura y de paso su pupitre en la universidad le fue quitado.

Dice el propio Amaya:

«Monseñor quería que el representante de los estudiantes fuera Arcesio Londoño Palacio. Yo era el otro candidato y salí elegido con una mayoría tan amplía que resultó irritante. Realmente insoportable. Mi suerte estaba echada, tuve que abandonar aquellos claustros».

En la calle, y con «lo que tenía encima y lo que le cabía en un baúl», Amaya caminó y caminó la fría capital llevando a cuestas el peso de su baúl y el malestar de un «corazón entenebrecido» sin saber cómo haría de ahora en adelante para no sucumbir ante los embates de la pobreza y el desamparo.

Se lanza a la calle, porque «La calle es el escenario de los sucesos» y después de toparse por accidente o por casualidad con un vendedor de telas llamado Salim Eljach, tío de Meira Delmar, Amaya surge de su impace directo a la Calle San Miguel con cinco contratos en el bolsillo para llevar la contabilidad de igual numero de almacenes.

El barranquillero que formó parte de la generación cachaca más ilustre y que hizo famoso al Café Windsor, cuenta que «Y fue también en la calle, en otra calle, donde me fue ofrecida una cátedra de filosofía que acepté sobre la marcha. El ‘primum vivere´ estaba resuelto y también el ‘deinde philosophare’ que dice Hegel».

Resulta que a veces ser peripatético sí te puede salvar la vida porque «todo puede ocurrir en la calle».

Material de la entrevista de Fuenmayor a Amaya González poco antes de morir.

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